Las declaraciones originales de Obama se dieron en un contexto informal: respondía preguntas rápidas cuando fue consultado sobre la posibilidad de vida extraterrestre. “Son reales, pero yo no los he visto”, afirmó, antes de bromear con el tema del Área 51, la mítica base militar asociada a teorías conspirativas. Según dijo, allí no hay instalaciones secretas ocultando alienígenas, “a menos que exista una conspiración enorme que incluso el presidente desconozca”.
La repercusión fue inmediata. En redes sociales, usuarios y creadores de contenido retomaron viejas teorías sobre proyectos ocultos, bases subterráneas y contactos secretos con civilizaciones de otros mundos. Frente a ese revuelo, Obama publicó un mensaje en Instagram aclarando que su intención había sido mantener un tono ligero en la conversación. Añadió que, estadísticamente, es probable que exista vida en el universo debido a su inmensidad, pero que jamás vio pruebas de visitas extraterrestres durante su administración entre 2009 y 2017.
A pesar de las aclaraciones, Trump mantuvo la crítica y volvió a sugerir que hablar del tema puede tener consecuencias legales o de seguridad nacional. Incluso cuando periodistas le recordaron que él mismo posee la facultad de desclasificar información, respondió que podría “meterse en problemas” si se adentra demasiado en ese terreno.
El cruce verbal entre ambos expresidentes se vuelve aún más relevante en un contexto donde el interés por los fenómenos aéreos no identificados —ahora denominados UAP por el Pentágono— va en aumento. Desde que Estados Unidos ha liberado documentos y videos en los últimos años, el tema ya no pertenece únicamente al terreno de las conspiraciones, sino que forma parte del debate público y gubernamental.
Mientras tanto, las declaraciones de Obama sirven como recordatorio de que el universo sigue siendo un lugar enigmático. Y las de Trump, como ejemplo de cómo incluso el tema de los extraterrestres puede transformarse en un punto caliente dentro de la política estadounidense.