Siguiendo una tradición propia de sus trabajos más emblemáticos, Pallarols incluyó a la comunidad en el proceso de terminación de la obra. Parte de la base del cáliz fue trasladada por distintas provincias del país para que ciudadanos, estudiantes y fieles pudieran dejar su impronta mediante pequeños golpes de martillo.
De esta manera, las huellas anónimas de la sociedad quedaron grabadas de forma permanente en el diseño de la pieza religiosa que recibirá el Santo Padre, sumándose a los libros de dedicatorias firmados por la gente a lo largo de las recorridas federales que el objeto realizó previa su entrega oficial.