Con CFK presa e inhabilitada para competir por cargos públicos, el sector que ella lidera necesita construir un perfil que pueda representar la identidad cristinista en la cancha electoral. Hasta aquí, ese segundo nombre siempre ha sido Eduardo “Wado” de Pedro, pero la salida de Kirchner al territorio federal modifica ese orden y lo coloca como el nombre capaz de representar con claridad el sentir cristinista.
El último fin de semana, Kirchner absorbió gran parte del protagonismo de la cumbre peronista en La Rioja. La ausencia de Kicillof, que estaba invitado pero no quiso quedar entrampado en lo que consideraba que era una foto de unidad forzada, le dio mayor peso a sus apariciones. Quintela le brindó un lugar preponderante en los actos y después aseguró que la unidad para enfrentar a Milei tiene que ser total. Para eso necesita, sí o sí, que haya algún tipo de acuerdo entre el gobernador bonaerense y los Kirchner. Por ahora, ese anhelo del riojano es muy difícil de cumplir. La relación está muy desgastada y lo político está enredado con lo personal.
Durante sus discursos en el norte, Kirchner planteó, implícitamente, sus diferencias con el gobernador bonaerense, la necesidad de una discusión profunda en el peronismo sin que los cuestionados se ofendan y una postura definida de la fuerza política respecto a la renegociación de la deuda que un eventual gobierno peronista debería hacer con el FMI. Se mostró dispuesto a negociar, pero con el cuchillo entre los dientes. Si el año que viene hay unidad en el peronismo, nadie llegará al final sin rayas en la piel. Son las consecuencias de una discusión nacional que es cada vez más horizontal.
El vínculo con el Fondo es un tema central para el cristinismo. La semana pasada Kirchner presentó un proyecto que busca colocar al Congreso como un filtro ineludible para aprobar una operación crediticia impulsada por el Gobierno nacional. La iniciativa le fija un techo legal a la deuda externa e instruye al Poder Ejecutivo a exigirle al propio FMI una revisión del excedente que hoy carga el país. Es un tema que el legislador repite a menudo y está en la primera línea de temas a acordar. Sobre todo después del fracaso del Frente de Todos respecto a ese posicionamiento.
Para él y los dirigentes que lo rodean, la libertad de CFK es parte del proyecto político que se pone en discusión el año que viene. Y ahí residen gran parte de las diferencias con el resto de las vertientes, a las que no les interesa levantar con asiduidad el cartel de “Cristina Libre”. El sector K está apoyado sobre una postura que no negocia. Sin la ex presidenta libre, no hay legitimidad plena para un eventual gobierno peronista. En el resto de las tribus no creen que sea así, pero no confrontan. Cada cual atiende su juego.
“La proscripción no opera sobre una persona, opera sobre lo que muchos y muchas queremos votar”, dijo la semana pasada durante una entrevista con C5N. Sin CFK en condiciones reales de competir, el kirchnerismo debe moldear un nombre propio que pueda representar esas ideas con claridad y que sea una carta para cualquier negociación que asome en el futuro con el resto de las vertientes. Ese camino conduce al apellido Kirchner.
El legislador no habla de candidaturas, sino de un armado político que tenga un programa consistente con la línea que el kirchnerismo está dispuesto a negociar. Por eso cree que puede haber un debate con otras tribus sobre el contenido de la unidad, pero que ese consenso tiene un límite y son aquellos peronistas que apoyaron las políticas libertarias en el Congreso. El pragmatismo tiene condiciones.
Kirchner está teniendo cada vez más incidencia en los vínculos políticos y territoriales del ecosistema peronista. Es el representante de un espacio político que tiene una conductora con limitaciones muy marcadas para aceitar las negociaciones cruzadas entre los dirigentes y hacer crecer el clamor de sus seguidores, pero es también la cara más visible de la discusión política en la que se cruzan la calle con las redes sociales. El rostro de un esquema político vertical y que juega al límite dentro de la compleja reorganización del peronismo.
En los meses que le restan al año va a viajar a distintas provincias. Seguirá tallando un perfil con matices electorales y un rostro que adapta la conducción política de Cristina Kirchner a una realidad que a ella la supera. El soporte logístico de esas visitas seguirá siendo, como hasta ahora, La Cámpora. Son sus dirigentes los que arman la bajada al territorio. En esos menesteres estuvo inmiscuido este fin de semana Pablo “Tato” Giles, secretario de Organización de La Cámpora, que acompañó a Kirchner en La Rioja y que es uno de los dirigentes en ascenso dentro de la agrupación.
A su lado también estuvieron las dos caras de las puntas generacionales de La Cámpora. La actual secretaria general, Lucía Cámpora, y el senador “Wado” de Pedro, de la línea fundadora del espacio político. Cuando estuvo en María Teresa, Santa Fe, lo acompañó Florencia Carignano, cuando viajó a Entre Ríos, se encontró con Tomás Ledesma y, cuando estuvo en Carmen de Areco, lo esperó el intendente Iván Villagrán, que lo pidió como candidato a la presidencia de la nación. Los nombres de la agrupación que conduce son el nexo con las localidades a las que va y las caras reconocidas de una primera línea política que se ha ido modificando en el tiempo.
Kirchner va a viajar por distintas provincias como lo podría hacer CFK si estuviera libre. Va a suplir a su madre en ese aspecto y va a llevar el mensaje de ella a cada lugar que vaya. Va a mantener la idea de que tiene que ser la candidata del peronismo en el 2027. Pero si eso no ocurre, será él el que esté sentado en la mesa chica donde la voz de su madre tenga peso en la definición.
Tal vez sea candidato, tal vez no. Las circunstancias serán las que contextualicen la definición de ese armado que lideran junto a su madre. Mientras tanto, se constituirá al frente de un espacio que necesita una conducción terrenal y un rostro visible para discutir el entramado político y económico de un nuevo dispositivo electoral con eje en el peronismo.